Planta, 45. Me detengo ante una
puerta de madera blanca cuya parte superior está cubierta por un cristal opaco.
Unas pegatinas con forma de letra adheridas al cristal conforman mi nombre y mi
profesión. Jason Steinbeck. Abogado. Abro la
puerta, una pequeña mesa, un perchero de 4 brazos, 3 sillas, una estantería
y un ordenador ATS componen todo el mobiliario. Me siento frente al
ordenador personal, enciendo la pantalla y el familiar fulgor verde e
intermitente me ilumina la cara. El clásico menú del Edificio Comercial me da
la bienvenida con una efusión parpadeante y me informa de las ofertas
comerciales del día. Han abierto una nueva tienda de mascotas mecánicas, los
implantes auditivos tienen un 50% de descuento en Clever&Weber,
mientras Jestons Insurances se ofrece a
hacerme un descuento en el seguro de mi Playmouth. En un banner inferior que
ocupa un cuarto de la pantalla, una foto del rubicundo Alcalde Kingston, nos
recuerda que la renta per capita de sus ciudadanos es un 50% superior a la del
resto del país.
Sin prestar
atención a la publicidad pulso la blanda pantalla sobre el icono de noticias
del día. Las páginas del periódico que el conserje estaba escaneando e
insertando en la Red del Edificio aparecen en la pantalla. Utilizo la rueda que
hay en el lado derecho de la pantalla para pasar las páginas, y la que hay en
el lado izquierdo para acercar el texto
que me interesa.
Como siempre, asesinatos, pobreza
y desagravios en el resto del mundo, mientras que Keaton, nuestra adorable
ciudad, se mantiene próspera y segura gracias a los innumerables esfuerzos de
nuestros dirigentes y las fuerzas del orden.
Un titular me llama especialmente
la atención: “Hermann Kingston, el primogénito del Alcalde Kingston inaugura
una nueva planta de procesamiento de carbón.” Adopto una sonrisa velada, más amarga que alegre y
exclamo para mí - valientes hijos de puta, siguen monopolizándolo todo.
Y así es, en esta ilustre ciudad
o trabajas en las minas de carbón o trabajas en las fábricas o eres el esclavo
de uno de los Grandes Edificios Comerciales. Yo tuve suerte, mi padre, antes de
desaparecer, había ganado lo suficiente para pagarme los estudios y alquilarme
esta oficina. Cuando desapareció, me dejó
con un trabajo sin futuro, una deuda con el Consejo de la Ciudad y una serie de bienes que no podía pagar.
Con un puntapie desplazo la silla
de escritorio con ruedas y me alejo de la pantalla. Me encaro al expediente que
tengo abierto más de seis meses y lo cierro con mal humor. Ni un cliente en los
últimos meses, éste fue el último, y
después de encargarme el trabajo nunca volvió para firmar las solicitudes, ...
ni para abonar mis honorarios. Remuevo
el contenido del cajón de la mesa en
busca del bote de aspirinas, engullo
dos de ellas remojándolas con los
restos de un café del día anterior que reposan en el fondo del vaso de cartón. Esta jaqueca constante me va a matar.
Unos tacones de mujer se oyen en
el pasillo. El golpeteo es lento, cadente, tiene ritmo, las piernas que los
impulsan deben ser esculturales. Los pasos se detienen frente a mi puerta y la
silueta de una mujer se recorta contra el cristal. Enarco una ceja y observo
como la bonita figura de la mujer permanece al otro lado de la puerta. Da una
calada al filtro de su largo pitillo y golpea con delicadeza el marco.
Intrigado por la aparición, pero
con la certeza de que se ha equivocado de planta, me acerco en dos
zancadas a la puerta y la abro bruscamente. Unos ojos azules, intensos, me
sostienen la mirada tras una tupida rejilla negra que oculta la parte superior
de su rostro, bajo el embozo, una media sonrisa de labios rojos enmarcada
en un cara ovalada, blanca, fina, sin poros, provista de una nariz recta, aristocrática. Entreabre
los labios suavemente y deja salir una fina columna de humo aromático.
Respiro con intensidad, absorbiendo cada matiz, el tabaco ligeramente
mentolado, el perfume caro con aroma a rosas, el…
- ¿No va a invitarme a entrar? -
pronuncia con una voz sensual y ladeando la cabeza.
Parpadeo y giro la cabeza hacia
los lados, se ha roto la magia del
momento, si es que realmente existe la magia, carraspeo y con un gesto de mi
brazo derecho señalo el interior del despacho conminándola a entrar.
Sin esperar más indicaciones
desliza su cuerpo hacia una de las sillas que hay frente a mi mesa de trabajo.
El vestido negro, de exclusivo diseño, le entalla las caderas y resalta su
trasero, me quedo mirándola embobado y fingiendo esperar a que tome asiento para
cerrar la puerta principal. El frufrú del vestido y el golpeteo de los tacones
componen una melodía lujuriosa en mi
cabeza.
Cierro la puerta y me demoro,
momentáneamente, todavía con la mano aferrando el pomo. Leo el letrero de la puerta al revés, “odagoba”, y me
pregunto de nuevo qué puede haber arrastrado a una mujer guapa y evidentemente
rica a un Edificio Comercial como éste, y a un “profesional” tan acabado como
yo.
Con desgana suelto el pomo de la
puerta y cabizbajo ocupo mi silla, frente a la mujer. Ésta ha esperado
pacientemente a que yo me sentara, posa la vista en los diferentes muebles que
hay en la habitación y la mantiene fija en el recorte de periódico que tengo
enmarcado en una de las paredes. Propina una larga calada a su pitillo a través
de uno de esos modernos filtros metálicos que convierten la nicotina en vapor.
Ha consumido casi la mitad del cigarro y la ceniza aún se mantiene recta,
conservando su forma cilíndrica
original, humeando todavía, pero ella no da muestras de querer buscar un
cenicero. Sigue con la vista centrada en el recorte de periódico.
Cojo uno de los dos atestados ceniceros que hay en la mesa y, por debajo de ésta y con disimulo, lo
vació en la papelera. Pongo el cenicero frente a ella, dando un golpe seco para atraer su atención. Ella, me
mira fijamente, sacude con delicadeza el cigarro contra el cenicero y lo libra
de la ceniza. Con la otra mano se sube la rejilla que tapa sus ojos y la fija
en la parte superior del pequeño sombrero que cubre su cabeza, ahora puedo
apreciar con más libertad sus bonitos rasgos y el azul hipnotizante de sus
ojos.
- ¿Le conocía? - inquiere
apuntando con la barbilla el recorte de periódico de la pared.
- No. - miento. - Creo que es un
científico que desapareció. – Añado con
indiferencia.
- ¿Y por qué lo tiene ahí? -
vuelve a preguntar con voz angelical.
- Venía con el despacho.- Miento
de nuevo. - Señorita, - le digo poniendo mi voz más profesional- sería un
placer ofrecerle alguna bebida y además, me encanta su compañía, pero soy un
hombre muy ocupado y, sin duda, usted se ha equivocado de planta así que…
-
¿No
es usted Jason Steinbeck?. ¿Abogado?.- pregunta inocentemente.
-
S...Sí…
- balbuceo sin poder evitarlo.
- Entonces, si es así, -
...realiza una pausa y vuelve a dar otra calada- vengo a contratar sus
servicios.
Abrumado por lo inesperado de la
situación, comienzo a sentir vergüenza de mí mismo. En ese justo instante soy
consciente de la imagen que la cliente tiene de mí. La camisa blanca, arrugada
y con manchas oscuras en la pechera, la corbata negra y anticuada, raída por el
uso, mal anudada, el sombrero todavía calado a pesar de que hace tiempo que
llegué a la oficina, la gabardina tirada en una de las sillas en lugar de en el
perchero, los expedientes, de hojas amarillas y antiguas abiertos sobre
la mesa, los ceniceros llenos y los vasos desechables esparcidos por el suelo
del despacho.
Me recompongo, cojo un
folio en blanco con el membrete del despacho y una pluma barata que hay
junto a la pantalla. Adopto una posición erguida en la silla, frente a la cliente y la miro de forma inteligente, indicándole con un gesto de la
mano que comience su relato. Ésta,
apura su cigarro, estrella la colilla contra el cenicero y guarda el filtro en
una cajita de plata. Entre sus largos dedos puedo ver que la cajita está adornada con
incrustaciones que conforman un escudo, probablemente el emblema de una
familia adinerada que no logro reconocer.
Se acomoda en la silla y se
desabrocha los botones del abrigo de pieles blanco. Me apresuro a levantarme y
ayudarla a quitárselo para, a continuación, colgarlo con delicadeza en el
perchero. El abrigo es suave y huele a perfume de mujer, cierro los ojos
aspirando el olor mientras lo aprieto con ambas manos.
Vuelvo a mi sitio, nuevos
encantos han quedado revelados, la chica, de unos veinticinco años, porta
un vestido negro, liso, con bastante escote, los pechos generosos y blancos se
adivinan bajo el mismo. Un corto collar doble de perlas adorna su cuello dando
al conjunto una apariencia maravillosa.
Realizo de nuevo un gesto
impaciente con la mano, solicitándole que se explique.
- Mi querido letrado..., -
comienza- ¿Puedo llamarle Jasón? ¿Sí? –
continua sin esperar mi respuesta.- Mi marido desapareció el mes pasado en
condiciones muy extrañas. Las
investigaciones policiales no han revelado nada todavía, he tenido, a diario,
hordas de personajes uniformados observando con lupa cada detalle y cada objeto
que hay en mi casa, pisoteando mis setos y mis jardines, manoseando mis jarrones,
mis joyas y mis obras de arte y...de todo ello, no han sacado nada en claro, y
según parece, pasarán los años y
seguirán sin concluir nada.
Dejo caer el papel y la pluma
sobre la mesa con gesto irritado, tal como imaginaba, la chica se ha equivocado,
esta señora necesita un detective y no un abogado.
- Señora, - digo mordiéndome la
lengua- usted no necesita un abogado, necesita un investigador…
- No, no- me corta con una
sonrisa complaciente- Sí que necesito un abogado. Lo que necesito de usted “no
es” que encuentre a mi marido, sino que consiga una “declaración formal de
fallecimiento”. Mientras mi marido esté en paradero desconocido, mientras estas
investigaciones se alarguen insufrible e interminablemente, no puedo heredar legalmente, y mientras no
pueda heredar legalmente, la familia de mi marido seguirá controlando mi dinero
y mis empresas y, lo que es peor, limitando mis gastos y mis necesidades.
- Señora - le intento explicar
con tono entendido- una “declaración formal de fallecimiento” conlleva la
formalización de una serie de trámites, hay que aportar pruebas concluyentes
del fallecimiento, una certificación médica de muerte...y además están los
trámites de la apertura de testamento, declaración de herederos y…
- Se lo conseguiré- me dice
poniéndose muy seria y cortando en seco el monólogo desvariado que, sin querer, había comenzado.
-...los gastos. - termino la
frase sin poder detenerme a tiempo y ambos nos quedamos en silencio, mirándonos
fijamente en la desastrosa habitación.
- No se preocupe por los gastos.
- me dice al fin, rompiendo el silencio. - Aún puedo disponer de varios
recursos. ¿Cuánto necesita?.
- Cien libras. - Respondo sin
pensar. Soy consciente que cien libras
puede ser considerado caro para el
trabajo que me acaban de encargar. Sin
embargo, esa cantidad, para mi maltrecha economía es una pequeña fortuna. Me permitirían ponerme al corriente con
el alquiler de la oficina y pagar
alguna de las cuotas del coche. Aún así, casi al momento de haber abierto la
boca, me arrepiento de haber dicho esa cifra, llevo más de seis meses en el
dique seco, sin un cliente nuevo y sin
muchas perspectivas de que mejore.
La chica eleva las cejas en señal
de extrañeza. Comienzo a temerme lo peor e intuyo su intención de echarse atrás,
me dispongo a enmendar mi error.
- Bueeeno - me llevo
la mano a la cabeza rascándome obsesivamente la nuca y estrechando los ojos- si cree que es excesivo….
- No. - me interumpe - Le daré mil libras. - Añade. - Cien al comienzo y el resto cuando me consiga la declaración. Vaya mañana a mi casa y le entregaré allí toda la documentación, no me atrevo a sacarla de casa. Le espero a las doce del mediodía. Sea puntual.
Sin más ceremonias se levanta y
me estrecha la mano, una mano delicada, de huesos finos, casi cristalinos, me
sonríe y se encamina hacia la salida. Todavía con los ojos dilatados
y la expresión de asombro en la cara que me ha provocado la cantidad
ofrecida, me levanto y la ayudo a ponerse el abrigo de pieles, nuestros cuerpos
se rozan levemente, ella sonríe, yo no puedo. Ella se separa de mí y se lleva
la mano a un bolsillo interior del abrigo. Me tiende una tarjeta, se da la
vuelta y desaparece por la puerta.
Permanezco de pie junto al perchero, el sonido de la puerta al cerrarse ha retumbado en el despacho como una gran interrogación que hubiera caído al suelo desde una altura superior a dos pisos. Todavía no puedo asimilar la situación, no sé que ha pasado, ni qué tipo de trabajo he aceptado, pero tengo una mala sensación, una terrible sensación.
Me siento de nuevo en la silla frente a mi mesa de trabajo, lanzo con desgana la tarjeta sobre el protector de cuero de la mesa con la firme intención de olvidarme de ella durante el resto del día. El nombre que aparece en ésta capta toda mi atención:
ADOLF CHURCHILL.
Avd.
del Emperador, 13.
Keaton. 05698.
Me llevo ambas manos a las sienes en una expresión de total incredulidad. El despacho comienza a dar vueltas y la jaqueca vuelve con más fuerza, amenaza con convertirse en una migraña de proporciones épicas, unos puntitos de luz aparecen frente a mis ojos interpretando su característica danza. Abro instintivamente el cajón de la mesa buscando el bote de los analgésicos. ¿Dos más? ¿Por qué no? Quizás en unos días esté muerto y tirado en cualquier cuneta por obra y gracia de los sicarios de los hijos de Adolf Churchill.
Había aceptado nada más y nada
menos que conseguir la “declaración de fallecimiento” de Adolf Churchill. Uno
de los magnates más ricos de la ciudad, de los más poderosos, miembro del
consejo de Gobierno del Alcalde Kingston. Tachado de loco en los últimos años por casarse con una
jovencita de 20 años y por perder inmensas fortunas en proyectos de investigación
de lo más disparatados, sus hijos habían intentando quitarle la administración
de sus empresas y el control de su fortuna, pero sin éxito. El mes pasado había
sido portada de todos los periódicos por haber “desaparecido”, otro más, y
ahora su joven viuda quería ponerme a mí de por medio para conseguir su
fortuna.
A mí. ¿Por qué yo? ¿Por qué no
había acudido a uno de los famosos e influyentes abogados del Consejo de
Gobierno?. ¿Quizás sí que hubiera ido?. ¿Quizás se hubieran negado a ayudarla?
¿Quizás por eso me ofreció esa cantidad tan desorbitada? ¿Por que conocía mis
apuros económicos? ¿Porqué pensaba que cualquier abogaducho del tres al cuarto
no podría resistirse a dicha suma?.
Engullo dos nuevos analgésicos y
me sereno. Decido no darle más vueltas y resuelvo que lo haré, que lo intentaré. ¿Qué más puedo perder? En cualquiera
de los casos solo puedo ganar, sino
dinero, por lo menos salir de esta
rutina diaria que cada segundo me
empuja más cerca de la tumba.
FIN DEL FRAGMENTO 2.
FIN DEL FRAGMENTO 2.
Texto: Joaquín Torregrosa Luis.
Imagen: María José Torregrosa Luis
No hay comentarios:
Publicar un comentario